giovedì 21 aprile 2011

¿Homeopáticos u homeomágicos?

Alberto Carrara, LC

En el mundo que conocemos, el experimento más sencillo nos enseña que diluyendo un colorante nunca se obtiene un color más intenso. Tampoco sucede que al añadir menos azúcar al café se vuelva más dulce y sabroso. ¡Ojalá fuese así! Esto lo saben muy bien, desafortunadamente, todos aquellos diabéticos que llevan una dieta limitada en glucosa y sus derivados.
Este principio tan intuitivo parece caer en el olvido cuando se habla de la panacea esperanzadora del siglo: la homeopatía. Son millones de hombres, mujeres y niños que confían en estas prácticas, y no podemos imaginarnos la cantidad de médicos que utilizan esta homeopatía como filosofía de vida. Existen también todas las farmacias, mejor dicho, para-farmacias, que añadieron el término “homeopáticas” en sus letreros, y numerosos hospitales denominados “homeopáticos”.

En Italia en 1998 se contaban más de 6.000 médicos homeópatas y más de 4 millones de personas que utilizaban estos recursos (Diario italiano “Il Giornale”, 5 de diciembre de 1998). Actualmente uno de cuatro italianos utiliza la homeopatía.
Una comisión gubernativa de Australia concluía así su investigación sobre las llamadas “terapias homeopáticas”: “no existe ni un solo ejemplo en toda el área de la farmacología en el cual una sencilla dilución de un medicamento pueda inducir un aumento de la respuesta del mismo” (cf. Branson Hopkins, Homeopathy-some things are not what they seem, Jubilee-Wellington, New Zeland, p.13). Se podría irónicamente decir: ¡ojalá estos productos llevaran consigo algo del medicamento!

Es importante distinguir la homeopatía de la medicina natural. La medicina natural está basada en remedios fitoterapéuticos (medicamentos extraídos de las plantas) y representan el fundamento de la medicina occidental. Actualmente se denomina “tradicional” (en antítesis a la homeopatía y a muchas otras denominaciones).

La homeopatía es definida, por los mismos que la practican, como un método terapéutico enraizado en el principio hipocrático de la “ley de similitud” (similia similibus curantur) oportunamente manipulado. Cada sustancia, repiten los homeópatas, capaz de provocar síntomas en un sujeto sano, puede, a dosis muy reducidas, curar aquellos mismos síntomas en un sujeto enfermo. Si fuese verdaderamente así, no habría ningún problema. El pequeño inconveniente se encuentra justo en el sentido de “dosis muy reducidas”. Sí, porque el otro gran descubrimiento de la “ciencia” homeopática es que diluyendo un principio activo (un medicamento) hasta llegar a tener la certeza físico-matemática y estadística de no encontrarlo, la solución que queda conservaría su eficacia terapéutica. La ciencia nos demuestra que si una solución es sometida a un suficiente número de diluciones se llegará al tal punto en el cual no quedará ninguna molécula de esta sustancia en la solución. Esto se puede deducir racionalmente, incluso utilizando el famoso número de Avogadro, que establece que en un gramo-molécula están presentes 6 X 10^23 moléculas. Es decir que el número de moléculas presentes en una solución no es un número infinito y que es posible establecer el número de moléculas de una determinada sustancia que están presentes en una solución. Cuando el límite dado por el número de Avogadro es superado, el número de moléculas presentes en la solución es cero.

Puestas estas premisas, se puede pasar a una demostración formal. Los que están familiarizados con “recetas” homeopáticas conocen muy bien la terminología “CH”. Esta sigla se refiere al grado de dilución de la mezcla de medicamentos prescritos. 

Pero, ¿a qué corresponde en lenguaje científico? Aquí se pueden consultar las tablas homeopáticas de conversión.

El límite de Avogadro es superado indudablemente a CH12. Para darse cuenta de esto consideremos, por ejemplo, un valor de CH22. Esto corresponde a una dilución 1 entre 100.000.000.000.000.000.000.000.000.000 Km3, es decir, usando una imagen, equivaldría a tener una sola molécula de medicamento en un volumen de agua o de solución de 73.333,3… billones de veces el volumen de toda el agua contenida en los océanos del globo terrestre. Y esto simplemente hablando de CH22. La mayoría de las “recetas” homeopáticas tienen CH100, CH200, etc.

No se puede sostener fácilmente que pueda ser eficaz un remedio que sólo contiene el equivalente de un mililitro de solución madre diluido en un ideal balón de agua cuyo diámetro debería ser de 140 años luz, unos 8 minutos la distancia que nos separa del sol, y sólo se trata del CH60.

Todo esto puede justificar las afirmaciones de eminentes científicos sobre la homeopatía. Presentamos algunos aquí. 

El Prof. Renato Dulbecco, Premio Nobel de Medicina en 1975, define así los productos homeopáticos: 'líos sin valor'. 

Rita Levi Montalcini, Premio Nobel de Medicina en 1986, considera la homeopatía una 'así llamada terapia' cuyo principal valor es 'ilusionar a los pacientes animándolos a recurrir a una curación que no tiene ningún fundamento científico”.

Entonces, se preguntaba el profesor Silvio Garattini, director del Instituto de Búsquedas Farmacológicas 'Mario Negri' de Milán, “¿qué contienen aquellas bonitas latas multicolores que se encuentran en las farmacias?” Y se respondía sencillamente: “contienen todas la misma cosa: ¡nada!'

Si desde el punto de vista de las ciencias “tradicionales” nada de efectivo está, ni estará presente en estas “medicinas” homeopáticas, nos podríamos entonces preguntar en qué se fundan las “razones” de los homeópatas.

La respuesta quizás se puede vislumbrar en las palabras mismas del doctor George Vithoulkas, autor varios libros sobre la homeopatía. Él afirma que en las diluciones de la homeopatía el efecto curativo no es por un cierto material, sino implica otros factores, que el autor llama “una energía' (cf. George Vithoulkas, Homeopathy, The Holistic Health Handbook, Berkeley Holistic Health Center, Berkeley, Calif., And/OrPress 1978, p. 89).
Aquí llegamos, por fin, a la segunda “ley” de la homeopatía, la así llamada “dinamización”. Esta consistiría en la presencia, no científica y comprobable, de los 'cuántos de energía' en la preparación homeopática, incluso no existiendo, por las elevadas diluciones, una sola molécula del medicamento. Esta supuesta “ley” equivale a una verdadera concepción mágica de la realidad. Se perfila como la puerta de entrada al concepto de “energía universal” característico de las filosofías orientales y esotéricas.

Como bien resumía Mirella Poggialini en un artículo publicado el 26 de septiembre de 1996 en el periódico de la Conferencia Episcopal Italiana Avvenire (Omeopatia, medicina o magia?): “cuando ya no está presente la materia que está a la base del remedio, queda, sin embargo, (dicen los homeópatas) el espíritu del remedio'. Para la misma escritora está claro el intento panteístico, mágico y esotérico del “remedio”, totalmente incompatible con la fe cristiana.

Entonces, 'la homeopatía es un método diagnóstico y curativo basado sobre la ley de los parecidos, es la medicina 'de la persona', no 'de los órganos', insisten los homeópatas. Esta definición tan aproximada está llena de malas informaciones y de medias verdades, construidas a propósito para convencer a los lectores más desprevenidos. Nadie duda que la homeopatía no sea la 'medicina de los órganos', hay que dudar sin embargo que pueda ser 'la medicina de la persona', sí, porque el 'nada' sólo puede ser la medicina de la 'nada”.

Podríamos citar las muchísimas publicaciones científicas que destruyen en manera definitiva los presuntos “fundamentos” de la homeopatía. Se puede consultar, por ejemplo, todos los estudios de “meta-análisis” comparadas de: Lancet, vol. 350, del 20 de septiembre de 1997, pp. 834-843; Lancet, 341, pp. 1601-06, 1994; Lancet vol. 345, 28 de enero de 1995; British Journal Clinical Pharmacology, n. 27, 1989, pp.329-335; Lancet, 5 de marzo de 1988, pp.528-529; Lancet, 1° de enero de 1983 pp. 97-98; etc.....

La conclusión parece obvia, reconociendo la falta de eficacia de todas las “terapias” homeopáticas tomadas en consideración, se deduce una clara indicación para los médicos, sean homeópatas o “tradicionales”. Tal invitación es que estos remedios no tienen que prescribirse si no se quiere engañar, en lugar de curar, al paciente. Desde la perspectiva del profesor Silvio Garattini, director del Instituto de Búsquedas Farmacológicas 'Mario Negri' de Milán, 'la homeopatía utilizada mientas que se está bien o se tienen molestias menores o pasajeras es un simple acto de creencia o falta de conocimientos científicos. Más grave es el problema del empleo de los medicamentos homeopáticos para enfermedades graves que pueden, en muchos casos, mejorar usando los fármacos tradicionales.

Estos recursos homeopáticos pueden llevar a un empeoramiento de la enfermedad hasta el punto de 'no regreso'. El científico advierte que “aún más grave es la actitud de los padres que utilizan, con la excusa de la libertad de para elegir las medicinas, los remedios homeopáticos para los niños, perjudicando en varios casos la salud de ellos”. El profesor Giovanni Federspil, catedrático de Medicina Interna de la Facultad de Medicina y Cirugía de la Universidad de Padua, “la práctica médica alternativa de la homeopatía representa uno de los máximos problemas de la medicina actual que requiere una discusión racional para aclarar los puntos más equivocados y de tinieblas”.

Tomando pie del texto de la conferencia que el Papa Benedicto XVI iba a pronunciar durante su visita a la Universidad de Roma “La Sapienza”, el jueves 17 de enero de 2008, podemos concluir así: “la medicina aunque era considerada más como 'arte' que como ciencia, sin embargo, su inserción en el cosmos de la universitas significaba claramente que se le situaba en el ámbito de la racionalidad, que el arte de curar estaba bajo la guía de la razón, liberándola del ámbito de la magia. Curar es una tarea que requiere cada vez la razón simplemente, pero precisamente por eso necesita la conexión entre saber y poder, necesita pertenecer a la esfera de la ratio”.

¿A qué ratio pertenece la homeopatía?

Por amor a la misma persona humana de cada paciente es importante volver a la unidad del cuerpo y alma (Gaudium et Spes, n. 14), unidad de racionalidad y voluntad, a una visión objetiva de la realidad, sin misticismos dañinos, ni creencias mágicas, peligrosas y destructoras.

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