sabato 18 giugno 2011

El casco de Dios

El hombre es un ser viviente que sobresale por su excentricidad.

Lo demuestra el estadounidense Michael Persinger que en los años ochenta empezó a proyectar y construir cascos electromagnéticos muy peculiares. Sus famosos God Helmets o “cascos de Dios” se pueden adquirir por internet en la página:  http://www.shaktitechnology.com.

¿De qué se trata?


De hecho ya en los años cincuenta y sesenta se había empezado a estudiar, por medio de los electroencefalógrafos, las ondas electo-magnéticas superficiales de nuestro cerebro, es decir, las actividades bioquímicas relacionadas a experiencias religiosas. La conjunción entre práctica místico-religiosa y ciencia médica encuentra su campo de argumentación en los estudios neurocientíficos acerca del cerebro humano.

Religiosas y monjes budistas fueron reclutados en numerosos estudios neurocientíficos en Estados Unidos, en los que se medía la actividad cerebral superficial durante una determinada experiencia de lo “sobrenatural”.

Así, el último órgano de nuestro cuerpo que queda por descifrar, el cerebro, ya se encuentra hoy en día bajo todos los instrumentos tecnológicos a disposición. El hombre quiere, por medio de estos experimentos, comprender los fundamentos neurofisiológicos de la actividad que lo caracteriza esencialmente: su experiencia religiosa. Tal dimensión constitutiva del ser humano se definió «lo más característicamente humano del hombre» (José Manuel Giménez-Amaya, «¿Dios en el cerebro? La experiencia religiosa desde la neurociencia», Scripta Theologica 2, 2010, p. 440).

Michael Persinger ideó diversas tipologías de “cascos de Dios”. Todos se refieren a experiencias místicas del hinduismo. Una de las motivaciones por la que se investigan las bases neurofisiológicas de la experiencia mística es para poder ofrecer a todos los hombres de tener una experiencia de lo sobrenatural, esto incluye la capacidad práctica de poder también manipular y controlar tal experiencia adaptándola a las exigencias y medidas humanas.

Sin embargo, no hay evidencia científica sobre los efectos a largo plazo de una exposición electromagnética sin control como la producida en quienes se exponen a los “cascos de Dios”. Se podría llegar a una verdadera adicción, como la que en Occidente se refiere al sexo y a la droga.    

En un artículo muy simpático, publicado el domingo 17 de junio de 2001, en el Washington Post con el título Tracing the Synapses of Our Spirituality, Shankar Vedantam proponía la siguiente analogía: como los antiguos alquimistas, así los científicos contemporáneos estarían explorando el “lugar” donde ciencia y mística se encuentran: este territorio de frontera sería el producto de nuestro órgano cerebral, es decir, la mente humana.

No cabe duda de que estas afirmaciones ponen de manifiesto la mentalidad fisicalista y biologicista de nuestra época. Si de un lado estos experimentos de neuroteología evidencian esta visión materialista sobre la persona humana, mentalidad que domina el contexto hodierno, del otro, subrayan la necesidad que todo hombre tiene de buscar y encontrar algo más que le permita salir de lo ordinario.

Que la religión sea un hecho, y un hecho de carácter universal, pocos todavía se obstinan a negarlo. Además las religiones son numerosas y su variedad depende de múltiples condiciones, entre ellas los factores culturales, históricos y geográficos que estructuran la forma de concebir el mundo y la realidad de parte de los hombres.

Entonces, ¿es verdad que la religiosidad surge de nuestro cerebro?

Los experimentos de neuroteología y los mismos God Helmets de Michael Persinger están lejos de demostrar científicamente la inexistencia de una realidad que trascienda el orden de la mera materialidad. El proceso de “naturalización” de cada dimensión de lo humano, incluida la del espíritu, que algunos llevan adelante según una agenda bien planeada, desde la perspectiva del método científico moderno resulta un verdadero fracaso.

En primer lugar, por los postulados indemostrables que conllevan estos tipos de experimentos según la racionalidad empírica, es decir: se supone, sin demostrarlo en laboratorio de manera cierta y reproducible (como requiere la praxis científica), que no exista otro nivel de realidad fuera de lo que podemos tocar y medir. En segundo lugar, en estas tecnologías se confunden, es decir, no se distinguen, conceptos como los de “causa” y de “condición de posibilidad”. En este ámbito, el cerebro humano sí es la condición de posibilidad para que se pueda manifestar, a través de actos, la dimensión religiosa de la persona humana, pero el paso que quiere transformar esta condición de posibilidad en causa, y en causa primera, de la religiosidad, es un gran error filosófico y científico.

La neuroteología como fenomenología de la experiencia religiosa, desde la perspectiva de la neurofisiología, tiene un estatuto epistemológico válido. Esto pero no implica que esta pseudo-disciplina pueda considerarse, a nivel académico, como una “nueva Teología”. La neuroteología necesita de más tiempo para llegar a demostrar la validez a largo plazo de su método y así conseguir la “dignidad” de disciplina independiente. 

En nuestra era neurocéntrica, caracterizada por una verdadera neuro-manía, necesitamos redescubrir las correctas distinciones de los diferentes ámbitos de la realidad con el fin de conocer la verdad acerca de una faceta de nuestra existencia de seres contingentes y situados que, como bien ha definido la fenomenóloga italiana Angela Ales Bello, constituye «el amplio y articulado continente […] formado por aquellas expresiones humanas que se definen “religiosas”» (Angela Ales Bello, «Sacro e religioso nella fenomenologia della religione», Per la filosofia. Filosofia e insegnamento 29 (1993), p. 25).
Los “cascos de Dios” son aparatos que estimulan los lobos temporales de un sujeto humano por medio de campos magnéticos superficiales que inducen una experiencia mística. Son un ejemplo de las aplicaciones empíricas de la tecnología desarrollada en el contexto de la así llamada neuroteología.

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