venerdì 20 aprile 2012

NEURO-CONCIENCIA

Comparto hoy con todos ustedes el texto integral de mi ponencia al congreso La conciencia entre mente y cerebro del pasado 15 de marzo 2012 que publicaron el 12 de abril en el portal Profesionales por la Ética. Agradezco el equipo científico de este portal por la estima y aprecio que me proporcionaron.



TEXTO PUBLICADO EL 12 DE ABRIL DE 2012
El sacerdote LC italiano, científico, filósofo y especialista en neurobioética, Alberto Carrara, examina en un ensayo publicado en Análisis y Actualidad la difícil y apasionante cuestión de la neuroconciencia y sus implicaciones antropológicas y éticas, de indiscutible importancia en el orden práctico.
El análisis de tres casos emblemáticos -referidos, respectivamente, al estado vegetativo, el criterio neurológico de la muerte y el llamado síndrole lock-in, permiten al Doctor Carrara sostener una clara distinción entre el ser humano y la conciencia en sentido psicológico. “No existe, afirma, identidad entre los dos. La persona humana es algo más que su propia conciencia. La conciencia es una propiedad, ciertamente sorprendente, de la persona humana. Si esto es cierto, entonces surge el deber moral de no juzgar a la persona humana de acuerdo a su estado actual de conciencia. Una alteración de la conciencia no es sinónimo de ser menos persona, de ser una persona humana con menos dignidad”.
“Las mismas evidencias neurocientíficas -concluye-  necesitan siempre de la interpretación por parte de un ser humano (médico, técnico, etc.). Al interpretar los resultados de electroencefalografía y de imágenes funcionales de resonancia magnética, es necesaria mucha prudencia y equilibrio. La experiencia humana, simplemente por ser tal, es decir, humana, se caracteriza siempre por una riqueza y complejidad sin medidas”.
Por su interés, transcribimos a continuación el texto íntegro del mencionado ensayo.

NEURO-CONCIENCIA: ASPECTOS ANTROPOLÓGICOS Y ÉTICOS DE LA INVESTIGACIÓN NEUROCIENTÍFICA ACERCA DE LOS ESTADOS DE CONCIENCIA
Doctor Alberto Carrara
(Análisis y Actualidad)
Hoy en día la cuestión acerca de la conciencia está interesando tanto a la opinión pública como a los científicos de profesión, de manera especial los médicos y los neurocientíficos. De una u otra forma la temática de la conciencia está al centro del debate filosófico, clínico y ético relativo a aquellos casos límites que la crónica suele presentarnos muchas veces con matices cargados de emotividad y compasión.
Muchos tienen en su imaginación el rostro de Terri Schiavo, de Eluana Englaro, y de otras personas a las cuales, por sentencia judicial, fueron sustraídos los recursos vitales básicos como son la hidratación y la alimentación por haber sido declaradas no conscientes.
Recientemente, un equipo de investigadores del Instituto del Cerebro y la Mente (Brain and Mind Institute), de la Universidad de Western Ontario, en Canadá, dieron a conocer la aplicación de una máquina portátil de electroencefalografía que puede, de modo simple y rentable, evaluar el estado consciente de los pacientes en estado vegetativo en su propio dormitorio. El artículo que salió el 22 de diciembre de 2011 se titula así: “Máquina portátil de lectura de ondas cerebrales preparada para refutar diagnósticos desacertados de estado vegetativo” (http://notifam.net/index.php/archives/12737/). Estos estudios neurocientíficos permitirán perfilar el diagnostico de “estado vegetativo” evaluando los pacientes mal clasificados.
El neurocientífico Adrian Owen, ha demostrado recientemente que una minoría significativa de pacientes “vegetativos”, son de hecho realmente conscientes y, en algunos casos, pueden inclusive comunicarse con el mundo exterior a través de las tecnologías de imágenes cerebrales (A.M. Owen, S. Laureys, et al., Willful Modulation of Brain Activity in Disorders of Consciousness, NEJM 362, 2010, pp. 579-589).
En una sociedad pluralista como la nuestra, que tiende a menudo a caracterizarse por dos posturas extremas, a veces con una elevada dosis de conflicto, se crea un ambiente que promueve la ambigüedad socio-cultural.
Se habla de “conciencia entre mente y cerebro” pero cabe subrayar que el término mismo de “conciencia” presenta una polisemia notable. En el lenguaje común, la palabra “conciencia” se utiliza en muchos ámbitos: se habla de “tener una conciencia”, de “actuar en conciencia”, de “la conciencia de mi gato o de mi perro”, de “la conciencia de la sociedad”, incluso hay quienes afirman la existencia de una “conciencia de la biosfera”, etc. Aquí emerge la polisemia del concepto de “conciencia”.
Cabe también matizar el hecho de que el uso distinto de esta palabra depende de la terminología específica de la disciplina científica que la investiga bajo diversos enfoques y circunstancias.
Hoy en día es muy necesaria una profunda reflexión y discernimiento orientado a la integración de los diferentes sentidos del término “conciencia”.
Así, un primer paso será dar una definición de qué se entiende con la palabra  “conciencia”. La definición que se propone se formula para especificar el alcance y el contexto y, sobre todo, para no caer en la confusión y suscitar así dudas o malos entendidos.
El concepto de “conciencia” en el contexto filosófico-cultural occidental, ha encontrado tres significados básicos: el de “conciencia  psicológica”, el de “conciencia moral” y, por último, la así llamada “conciencia personalista-existencial” (I. Fucek, La coscienza morale, en: Veritatis Splendor, texto integral y comentario filosófico-teológico, San Paolo, Milano 1994, pp. 299-305).
De acuerdo con el sentido psicológico, “conciencia” significa auto-conciencia, es decir, aquel estado en el cual la persona humana está presente a sí misma y percibe el ambiente a su alrededor. Según el sentido moral, “conciencia” significa la capacidad actual del ser humano de distinguir entre la bondad o la maldad de sus mismos actos. Por último, el sentido “personalista-creativo” de “conciencia” apunta a un núcleo complejo identificado muchas veces con la parte interna de la persona humana, una especie de “lugar” interior de la persona, del cual surgen los juicios morales y que representa la parte más noble del ser humano (sede de la ley moral natural).
Hechas estas distinciones, en este contexto no se tratará de la “conciencia moral”, entendida como el conocimiento que el hombre tiene de la bondad-maldad de sus obras, sino de la “conciencia psicológica” y de las estructuras neurobiológicas relacionadas con su correcta funcionalidad y manifestación. Queda claro, también, que esto no significa que la “conciencia psicológica y neurobiológica” no sea el sustrato, la conditio sine qua non para la manifestación de la “conciencia moral”.
En este ensayo se hará un pequeño ejercicio filosófico: a partir de una definición de “conciencia”, a través del análisis de tres casos emblemáticos, se llegará a formular algunos criterios y principios antropológicos y éticos relacionados con la investigación neurocientífica acerca de los estados de conciencia. Esta metodología no hace más que aplicar el lema “del fenómeno al fundamento” que el beato Juan Pablo II subrayó en el número 83 de su encíclica Fides et ratio.
La filosofía, para que cumpla con su propia finalidad y misión, debe reflejar la realidad. Por eso, el estudio de casos concretos puede ser un instrumento valioso para deducir principios antropológicos y normas éticas, como se hizo a partir del “padre” de la neuro-anatomía, Alcmeón de Crotona (560 a. C).
El premio Nobel por la Medicina, Rita Levi Montalcini, con 102 años de edad en 2012, define la “conciencia” como “una de las propiedades más sorprendentes y fascinantes del cerebro humano”, es decir, como “el estado de conciencia de nuestra existencia como una entidad individual, lo que implica el reconocimiento de sus acciones y el orden secuencial y cronológico” (R. Levi-Montalcini, Abbi il coraggio di conoscere, Rizzoli, Milano 2004, p. 25).
La conciencia humana es, entonces, una propiedad, una facultad, una función “emergente” (todos términos tomados de diversas definiciones que ofrece Montalcini) de nuestro órgano cerebral de acuerdo a la teoría de Gerald Edelman de derivación de la conciencia superior (humano o secundaria) de una conciencia principal, común a todos los vertebrados superiores.
Esta definición puede ser integrada y ser muy valiosa dentro de una especulación más realista, como la formuló Tomás de Aquino. Este gran intelectual, logró sintetizar una tradición antigua, dejando claro, en primer lugar, que la conciencia no es ni un hábito ni una facultad o poder, sino un acto. De hecho, la conciencia incluye un orden de conocimiento a algo que se aprende, es la aplicación de la sindéresis aristotélica a la realidad de la acción. A continuación, se podría definir como “la inteligencia orientadas a las cosas prácticas” (Tomás de Aquino, S. Th. I, q.79, a.13, c).
Si la conciencia es un acto o la “inteligencia orientada a las cosas prácticas”, entonces la relación, que establece Montalcini, entre conciencia, “yo” y libre albedrío resulta válida: “la conciencia puede conectar nuestras experiencias con los hechos, ya que nos permite comprender nuestra existencia como una entidad pensante, que nos hace responsables de nuestras acciones” (R. Levi-Montalcini, Abbi il coraggio di conoscere, p. 25). Cabe precisar que esta misma definición tiene que ser integrada en una visión no reduccionista y materialista de la persona humana. De hecho, la misma neurocientífica italiana precisa que “en la actualidad aún no es posible entender la naturaleza del mecanismo mediante el cual los estados internos de conciencia se transforman en el proceso neuroquímico” (R. Levi-Montalcini, Abbi il coraggio di conoscere, p. 27-28).
En el contexto de los estudios médicos y científicos de neurociencia, el término “conciencia” se emplea para referirse a aquellos casos clínicos de daño cerebral en los cuales se reduce la “conciencia” hasta anularse. También aquí cabe matizar algunas distinciones útiles. El 10 de noviembre de 2011 en la revista The Lancet, Damian Cruse publicó un interesante estudio titulado: Bedside detection of awareness in the vegetative state: a cohort study. Considerando simplemente el resumen del artículo, se pueden derivar las siguientes distinciones terminológicas: wakefulness (vigilia)- unaware of themselves or their environment (conscientes de sí mismos o de su entorno) – awareness (conscientes de sí mismos y/o del medio ambiente circundante). Los “dos polos” del debate actual sobre los estados de conciencia son justamente el estado denominado wakefulness y el awareness.
El primer caso emblemático que tomamos en cuenta se refiere al así llamado VS: vegetative state. El estado vegetativo (EV) se define como un trastorno de la conciencia en el que hay vigilia sin ser consciente de sí mismo y del medio ambiente (vigilancia sin conciencia). En general, los investigadores aceptan la distinción entre el contenido y los niveles de conciencia. Mientras los contenidos de conciencia se definen como experiencias subjetivas (por ejemplo, la sensación del dolor), los niveles de conciencia se clasifican objetivamente según una división en tres etapas de alteraciones de conciencia: el coma (C), el estado vegetativo (EV) y el estado de mínima consciente (EMC).
El criterio para discernir entre uno u otro de estos estados alterados de conciencia es la conducta: los pacientes diagnosticados como EV difieren de aquellos en coma porque los primeros mantienen el ritmo sueño-vigilia, es decir, se despiertan, a pesar de que ambos son considerados completamente inconscientes.
Los pacientes diagnosticados como de mínima conciencia “se cree”, según lo declarado por el doctor Cruse en la revista The Lancet del 10 de noviembre de 2011, que tienen una conciencia fluctuante, intermitente, y se distinguen de los que se encuentran en estado vegetativo simplemente por la diagnosis de un observador externo, en la mayoría de los casos un médico.
Hay que destacar un problema científico importante: según lo indicado por Cruse y reportado en la literatura médica, en la actualidad se da un 43% de casos en que se reclasifica el diagnóstico de estado vegetativo como estado de mínima conciencia  (C. Schnakers, A. Vanhaudenhuyse, J. Giacino, et al., Diagnostic accuracy of the vegetative and minimally conscious state: clinical consensus versus standardized neurobehavioral assessment, BMC Neurol 9, 2009, p. 35; N.L. Childs, W.N. Mercer, H.W. Childs, Accuracy of diagnosis of persistent vegetative state, Neurology 43, 1993, pp. 1465-67; K. Andrews, L. Murphy, R. Munday, C. Littlewood, Misdiagnosis of the vegetative state: retrospective study in a rehabilitation unit, BMJ 313, 1996, pp. 13-16).
Las recientes aplicaciones de las tecnologías de resonancia magnética funcional empiezan a poner seriamente en duda los diagnósticos de estado vegetativo.
El segundo caso emblemático comienza a ser conocido por el público por el hecho de que diversos  opositores del así llamado “criterio neurológico de muerte” lo están convirtiendo en su “caballo de batalla”. Se trata del caso clínico de Zach Dunlap.
El caso de Zach nos lleva al límite de los trastornos de la conciencia: la muerte. Definir los límites significa saber con certeza hasta qué punto la intervención humana puede ir, tratando de eliminar el riesgo de tocar posiciones aberrantes o peligrosa para la dignidad humana.
Zach Dunlap, de Oklahoma City, tenía 21 años, en marzo de 2008 cuando, después de un terrible accidente, fue declarado muerto después de dos escaneos del cerebro.
Las pruebas al Tecnecio “aseguraban” que no había flujo sanguíneo en el cerebro de Zach. Aparentemente el cuadro clínico cumplía todos los requisitos necesarios para diagnosticar la muerte cerebral. Como sostienen los críticos del “criterio neurológico de muerte”, después de 36 horas de “muerte cerebral”, Zach fue preparado para la extracción de los órganos. Pero Zach se despertó. Así claman triunfantes muchos, incluso médicos.
Ciertamente, el triunfo de la vida está claro: Zach sigue vivo. Algunos hablan de “milagro”, pero la ciencia misma nos dice cómo realmente ha ido el asunto.
Es muy sencillo: Zach no estaba muerto. Los parámetros evaluados resultan claramente insuficientes para un diagnóstico cierto de “muerte cerebral”. No se tiene en cuenta la así llamada “penumbra isquémica” (en ingles: ischemic penumbra). En esta condición una zona cerebral donde algunas células, como resultado de una agresión hipóxica sostenida, entran en un estado de nulidad funcional, no pierde su vitalidad. La zona cerebral dañada no ha alcanzado todavía el estado de muerte celular (H. Bart van der Worp, J. van Gijn, Acute Ischemic Stroke, NEJM 357, 2007, pp. 572-579). Según los datos científicos el caso Zach Dunlap resulta obviamente un diagnóstico incorrecto.
El tercer caso emblemático se refiere a la así llamada síndrome “lock-in”. Este estado corresponde clínicamente a lo que pasó a M. Noirtier de Villefort, el personaje de A. Dumas en El conde de Montecristo imposibilitado de hablar o mover su cuerpo, que solo podía comunicarse a través de los movimientos de sus ojos. Esta dramática descripción corresponde al cuadro neurológico clásico de lo que se conoce como locked-in syndrome, término acuñado en 1966 (F. Plum, J.B. Posner, The Diagnosis of Stupor and Coma, FA Davis Co, Philadelphia 1966).
Estos pacientes se presentan como si fueran completamente inconscientes, mientras que, en realidad, están conscientes aunque encerrados en su mismo cuerpo.
¿Qué consideraciones antropológicas y éticas se pueden sacar de estos casos emblemáticos?
Hay que reiterar un principio sencillo, pero a menudo tenido poco en cuenta a la hora de juzgar ciertas situaciones: la reflexión filosófica debe estar fuertemente arraigada en la realidad, so pena de hacer filosofía en un sentido abstracto.
En segundo lugar, estos casos nos presentan claramente la distinción que hay entre el ser humano y la conciencia. No existe identidad entre los dos. La persona humana es algo más que su propia conciencia. La conciencia es una propiedad, ciertamente sorprendente, de la persona humana. Si esto es cierto, entonces surge el deber moral de no juzgar a la persona humana de acuerdo a su estado actual de conciencia. Una alteración de la conciencia no es sinónimo de ser “menos persona”, de ser una persona humana con menos dignidad.
Hay que distinguir dos esferas separadas: la del “ser” y la del “actuar”. La persona humana se encuentra en la primera esfera, siendo una sustancia individual de naturaleza racional, como diría Boecio; mientras que la “conciencia” es la expresión de ciertos rasgos que brotan de la persona misma.
Sin tener claros estos principios antropológicos y éticos, se puede caer fácilmente en la arbitrariedad.
Las mismas evidencias neurocientíficas necesitan siempre de la interpretación por parte de un ser humano (médico, técnico, etc.). Al interpretar los resultados de electroencefalografía y de imágenes funcionales de resonancia magnética, es necesaria mucha prudencia y equilibrio. La experiencia humana, simplemente por ser tal, es decir, “humana”, se caracteriza siempre por una riqueza y complejidad sin medidas.

Nessun commento:

Posta un commento