sabato 13 luglio 2013

A. Carrara: Origen y Desarrollo de la Neuroética

Video-Conferencia Magistral: Origen y Desarrollo de la Neuroética
Dr. Alberto Carrara

El pasado 6 de diciembre 2012 el Dr. Alberto Carrara presentó una ponencia titulada: Origen y Desarrollo del la Neuroética, en ocasión del Octavo Congreso Nacional y Quinto Internacional promovido por la Academia Nacional Mexicana de Bioética.



Nota: Se publica hoy el texto integral de la ponencia que será publicado con las oportunas modificaciones en una revista científica en los próximos meses.


«En primer lugar, quisiera saludar a todos los participantes de este octavo congreso nacional y quinto internacional promovido por la Academia Nacional Mexicana de Bioética que lleva como título: La Bioética. Su praxis clínica: reflección y acción. También agradezco a los organizadores la invitación. Es un placer y un honor poder compartir con ustedes en esta mañana acerca del origen y desarrollo de la así llamada “Neuroética”, una temática emergente tanto dentro, como fuera de los confines clásicos de la Bioética.

El esquema que seguiré es el siguiente:
·        Introducción
·        Dos premisas: el “Neurocentrismo” contemporáneo y la así llamanda “Nauromanía”
·        De la Neurociencia a la “Neuroética”
·        Origen de la “Neuroética”
·        Desarrollo actual de la “Neuroética”

Algunas preguntas nos permiten acercar a la “Neuroética”. ¿Qué es el cerebro? ¿Cómo funciona? ¿Cuál es el papel que desempeña en la existencia humana? ¿Y qué relevancia tiene en el caso de la muerte? ¿Cuáles son las ventajas e inconvenientes del diagnóstico de muerte encefálica? ¿Es posible intervenir directamente en el cerebro para tratar determinadas enfermedades mentales? ¿Qué significa ser consciente? ¿Qué grado de conciencia experimentan los pacientes en los diferentes estados alterados de conciencia: coma, estados vegetativos, estado de mínima conciencia, síndrome lock-in? Más aun: ¿actuamos libremente o es la actividad cerebral la que nos impulsa en una determinada dirección? ¿Tienen alguna responsabilidad moral quienes padecen alteraciones o disfunciones cerebrales? ¿Pensamos y actuamos moralmente condicionados por el funcionamiento de nuestro cerebro? ¿Es lícito intervenir directamente en el cerebro de sujetos sin deficiencias o enfermedades, farmacológicamente, con cirugía, etcétera, para mejorar las capacidades cognitivas? ¿Se puede suministrar sensaciones de felicidad a través de la así llamada estimulación eléctrica del sistema nervioso central? ¿Es posible y justo organizar las sociedades a la luz de los hallazgos neurocientíficos? ¿Cómo nuestras nociones de racionalidad, libre voluntad, responsabilidad, etcétera se modificarán a la luz de una mejor comprensión de las bases cerebrales que permites sus manifestaciones?  

En fin: ¿soy “yo” algo más que mi proprio cerebro?

Algunas respuestas derivadas de la neurociencia a estas preguntas, y otras semejantes, aunque todavía parciales y muchas veces demasiado categóricas, están moldeando poco a poco nuestras concepciones de la vida moral y social del ser humano. Conceptos éticos fundamentales de la tradición filosófica están siendo revisados a la luz de recientes estudios en torno a las bases cerebrales del pensamiento y de la acción humana. Las preguntas en torno a nuestro cerebro son tan lejanas en el tiempo como desarrolladas por lo recientes descubrimientos tecnológicos en el ámbito de la investigación neurocientífica. Si algunos filósofos y médicos, desde los Egipcios, pasando por la Grecia antigua, hasta la primera década del siglo Veintiuno, especularon todo tipo de hipótesis sobre este extraño y misterioso órgano situado en la cavidad craneal, los años noventa del siglo pasado y la primera década de este tercer milenio nos presentan resultados neurocientíficos que suscitan apasionados e inquietantes problemas filosóficos y especialmente éticos.

La aplicación al hombre cada vez más rápida de los descubrimientos neurocientíficos, fruto de las abundantes investigaciones que tratan de descifrar los misterios del cerebro y de la mente humana, han hecho surgir en la opinión pública sentimientos muchas veces opuestos y antitéticos. En este marco se desarrolló, y sigue desarrollándose, el nuevo campo de investigación y reflexión denominado: “Neuroética”.

En los últimos años, el término “Neuroética” ha venido adquiriendo carta de naturaleza, especialmente en el entorno anglosajón, en cuanto a su difusión y contenido. Pero la “Neuroética” ya se había difundido, por lo meno como término, a nivel global. Parece ya incuestionable que se trate de una nueva y consistente disciplina.
Entonces: ¿Qué es la “Neuroética? ¿De qué trata? ¿De quién procede el término? Y sobre todo hay una pregunta espinosa: ¿Es la Neuroética una rama más de la Bioética, o posee un campo de investigación y reflexión particular, proprio?
Para comprender el origen, definición y desarrollo de la Neuroética hay que considerar primero el contexto socio-cultural y científico en que surgió. Por eso hay que tomar en cuenta dos premisas que enmarcan esta temática. La primera se podría resumir con el término “neurocentrismo”, mientras que la segunda fue denominada por algunos autores “neuromanía”.
Estamos viviendo en un contexto contemporáneo neurocéntrico que es la concreción de un largo proceso histórico de desarrollo de la praxis médica desde la antigüedad: desde los antiguos Egipcios, hasta la neuronanotecnología hodierna.
Para darnos cuenta de eso podemos recordar algunos grandes pilares históricos más recientes: el Presidente de Estados Unidos George Bush decretó, para los años 1990-2000, la famosa “década del cerebro”, seguida por la “década de la mente” (2001-2011). El gobierno español proclamó el 2012 el año de la neurociencia.  
En este respeto, puede ser útil la analogía con el así llamado Proyecto Genoma Humano. Como los grandes esfuerzos públicos y privados nos acercaron más al gran misterio de la vida y lo que antes podía ser considerado un enigma, ya ahora se ha convertido de algún modo en un lenguaje accesible[1], así los avances tecnológicos en el ámbito de las imágenes de resonancias magnéticas, por ejemplo, nos están acercando mas y mas al gran enigma de la mente humana. 
Con el término neurociencia, o al plural neurociencias (que subraya más su aspecto intrínsecamente interdisciplinar), se entiende tanto la ciencia biológica que analiza la morfología y fisiología de las estructuras que forman parte del sistema nervioso, como todas las conexiones y comunicaciones del tejido neural, de su enfermar, de su fisiopatología, pero también de su regeneración y reestructuración (véase el concepto de plasticidad neuronal).
El neurocentrismo contemporáneo se explica a la luz de la historia de la medicina con respeto al cerebro. En la antigüedad, el primer escrito conocido sobre el cerebro parece tener la edad de unos 3000 años. Se encuentra en un papiro comprado por Edwing Smith a finales del siglo Diecinueve. Si bien es verdad que no hay seguridad de que sea el original, ha sido datado en el siglo Dieciséis antes de Cristo, aunque probablemente sería una copia de otro más antiguo proveniente de la conocida tradición médica del arquitecto y médico egipcio Imhotep, el cual vivió aproximadamente en los años 2690-2610 antes de Cristo. En dicho papiro se describe con cierto detalle el diagnóstico, tratamiento y pronóstico de dos pacientes con heridas en la cabeza y el cuello. Se menciona también la práctica de trepanaciones, ya que según las creencias médicas de la época, algunos trastornos dela cabeza eran consecuencias de la acumulación de gases o humores en esa zona del cuerpo y, gracias a los trépanos realizados, podrían salir al exterior liberando el paciente de su efecto  nocivo. Sin embargo, el escrito señala que la mayoría, pero no todos, de los pacientes morían. Algunos sobrevivieron después de la neurocirugía.
Un segundo referente histórico sobre la importancia del cerebro llega más tarde, en la antigua Grecia del siglo Quinto antes de Cristo: se trata de la gran teoría neurocéntrica de Alcmaeon de Crotona (540-500 antes de Cristo), uno de los primeros pensadores en destacar la importancia del cerebro para las funciones superiores del hombre. Junto a él, Demócrito (460-370 antes de Cristo) aportó ideas muy importantes que perviven en el gran fundador de la medicina: Hipócrates (460-370 antes de Cristo) y en Platón (427-347 antes de Cristo). Aristóteles (384-322 antes de Cristo), por el contrario, daba una mayor importancia al corazón. Recordamos también que Escribonio Largo en el 65 después de Cristo aplicaba en la cabeza de pacientes con hemicránea unos animales denominados torpedos que descargando electricidad producían un efecto terapéutico. Se considera esta práctica como la fundación de la moderna neurotecnología de estimulación cerebral profunda o deep brain stimulation. En el segundo siglo después de Cristo, el médico Galeno realizó descubrimientos muy importantes para el estudio del sistema nervioso; entre ellos, los más importantes son los siguientes: el control de la musculatura por la médula espinal; la presencia de nervios pares en las estructuras craneales; el control de la voz por parte del cerebro, y que, en general, el cerebro era el encargado de controlar los cuatros humores que catalizaban el funcionamiento de nuestro cuerpo y de nuestra personalidad somática y psíquica.
Durante mucho tiempo, las descripciones y supuestos morfofuncionales y anatomoclínicos de Galeno fueron admitidos de forma pacífica durante más de doce siglos. En el periodo medioeval, el desarrollo de la medicina y el conocimiento de los mecanismos biológicos fue desproporcionadamente menor que los de otras esferas del saber. En todo caso, hay que mencionar la figura del médico y filósofo persa Avicena, él supuso la presentación del pensamiento aristotélico en el mundo medioeval de occidente, sus obras fueron traducidas en latín en el siglo Doce y tuvieron gran influencia en pensadores medievales de la talla de Tomás de Aquino, Buenaventura y Duns Scoto. Para estos filósofos la tesis de que el cerebro es el órgano implicado en la actividad cognitiva y afectiva del hombre, y que explica enteramente la conducta animal, era algo pacíficamente admitido. 
Desde el inicio de la edad moderna, la ciencia experimental, que se corresponde en la medicina con el conocimiento más exacto de la anatomía y la fisiología del cuerpo humano, se ha ido desarrollando poderosamente hasta hoy. El desarrollo de la medicina moderna está vinculado, en buena medida, al cambio de paradigma que en la historia del pensamiento se produce: se comienza a dar prioridad al desarrollo de las investigaciones sobre la naturaleza, y asimismo aparece en escena, con una fuerza muy notoria, la ciencia experimental. El hombre del renacimiento por excelencia, Leonardo da Vinci, fue un auténtico precursor en el análisis de la anatomía cerebral: fue el primero en utilizar material sólido, cera, para visualizar la forma tridimensional completa de los ventrículos cerebrales y, en consecuencia, en observar las relaciones de las estructuras encefálicas que les rodean.
A mediados del siglo Dieciséis tiene lugar un hecho de decisiva importancia: la formulación, por el profesor de anatomía de la universidad de Padua Andreas Vesalius, de un principio medico clave en la neurociencia. Según Vesalius el conocimiento de la anatomía o la morfología de una estructura conduce a comprender mejor su fisiología. Fue pero merito del médico británico Thomas Willis (1621-1675) el detallar con precisión el estudio del sistema nervioso central. Su celebre y conocido tratado sobre la Anatomía cerebral, Cerebri Anatome, publicado en 1664, marca según muchos expertos el origen de la neurociencia moderna. Willis fue también el primer científico que intentó asignar determinadas funciones mentales a áreas concretas del cerebro.
El siglo Diecinueve es, sin duda alguna, un período de extraordinaria importancia para el estudio del cerebro y para la historia de la neurociencia. Entre otros, algunos rasgos característicos de esta etapa hacia el neurocentrismo contemporáneo son: en primer lugar los estudios anatomo-clínicos de las funciones cerebrales, cabe mencionar la discusión entre las doctrinas localizacionistas y antilocalizacionistas surgidas respetivamente del anatomista y fisiológo Franz Joseph Gall (1758-1828) y  del médico francés Marie Jean Pierre Flourens (1794-1867). Gall estaba convencido de que las funciones mentales residen en áreas específicas del cerebro, y eso determinaría el comportamiento de la persona; mientras para Flourens, tras haber realizado numerosos experimentos ablativos en cerebros de animales, llegó a la conclusión de que el daño conductual producido por la lesión no dependía de la zona concreta que se extirpase, sino de la cantidad de masa encefálica lesionada.
Sabemos que existen algunos hechos experimentales que muestran que lesiones de zonas específicas del cerebro producen alteraciones de la conducta humana, por ejemplo: la lesión histórica que afectó el capataz Phineas Gage el 13 de septiembre de 1848, accidente que sufrió al atravesarle una barra de hierro parte de la cara y las porciones más anteriores de la cavidad craneal. Al perder una gran cantidad de corteza cerebral prefrontal, Gage no murió, se recuperó, pero su personalidad experimentó un cambio notable.
Otro ejemplo en esta línea se refiere a los descubrimientos del médico francés Paul Pierre Broca en el año 1861 y a los hallazgos del médico Karl Wernicke en Alemania en el año 1874. Broca identificó una zona de la corteza cerebral que acoge el denominado centro del habla, justo en la circunvolución frontal inferior del lóbulo frontal que en la mayoría de los individuos está situada en el hemisferio cerebral del lado izquierdo. Wernicke identificó, en estudios realizados de forma interdisciplinar, otra área cerebral distinta de la de Broca. Sus descripciones se ceñían a un tipo especial de afasia, diferente al descrito por Broca, en el cual el paciente podía hablar, pero no entendía lo que se le decía.
Otro rasgo característico que preparó la etapa neurocéntrica contemporánea se refiere al descubrimiento de la teoría celular y a los estudios con técnicas histológicas del sistema nervioso por parte del médico y citólogo italiano Camillo Golgi (1843-1926) y del español Santiago Ramón y Cajal (1852-1934). Cabe recordar también en este panorama, el adviento de la así llamada psicofarmacología, desde la introducción en 1950 del primer fármaco útil en tratar la esquizofrenia: la clorpromacina.
El neurocentrismo contemporáneo se originó en la actualidad tras la introducción de una visión interdisciplinar en la misma neurociencia y, de manera peculiar, tras el desarrollo realmente espectacular de las así llamadas neuroimagen. Gracias a la angiografía cerebral desarrollada en los años 30 por el premio Nobel António Egas Moniz y al desarrollo de la técnica de la electroencefalografía se produjo un avance crucial en la historia de la imagen médica. Siguió el primer hallazgo que representa el preludio de una nueva época del estudio del cerebro: la tomografía axial computarizada. Otra tecnología de importancia capital en la neurociencia y el la neuroética es la resonancia magnética, en particular, la resonancia magnética funcional que permite detectar los cambios en la distribución del flujo sanguíneo cuando el individuo desarrolla determinadas tareas sensoriales o motoras, y según distintos paradigmas cognitivos, emocionales o de motivación. Estas tecnologías han literalmente catapultado el estudio cerebral tanto normal, como patológico. Esta técnica, junto con la tomografía con emisión de positrones, el famoso PET, y la magnetoencefalografía, ha sido la causante de que la investigación en neuroimagen sea actualmente una de las pioneras en el estudio del sistema nervioso.
Todo esto ha contribuido, come mencioné anteriormente, a que el 17 de julio de 1990 el entonces presidente de los Estados Unidos declaró los años que van de 1990 al año 2000 como la década del cerebro.
Este progreso neurocientífico y los descubrimientos acerca del funcionamiento y de la aplicación tecnológica y nanotecnológica, tanto en el ámbito diagnostico, cuanto en el terapéutico, que ve como protagonista nuestro órgano cerebral, han contribuido a engendrar un panorama científico y mediático peculiar que algunos expertos han bautizados como una verdadera neuromanía[2]. (Algunos ejemplos en este sentido: Un libro sobre la temáticauna verdadera neuroculturatambién en el contexto culinario)
En este contexto de aplicación al hombre de las tecnologías neurocientíficas, como ya desde 1970 con Potter se había forjado el término “bioética”, así a partir de final de los años Ochenta, se empezó a hablar de “neuroética”.
Ahora voy a trazar una especie de narrativa histórica de la así llamada Neuroética, tratando de definir esta nueva disciplina o pseudo-disciplina.
Cabe empezar con reconocer que las sociedades científicas sobre el cerebro que se formaron desde los años Cuarenta, es decir, desde la Federacion of EEG and Clinical Neurophysiology celebrada en Londres en 1947, hasta otra en Moscú en 1958, desde la fundación del International Brain Research Organization (IBRO) en 1961, auspiciada por la misma UNESCO, hasta el nacimiento de la Society for Neuroscience en 1969, se puede decir que estas sociedades se concentraban más bien en la promoción científica sobre el cerebro y prestaban muy poca atención a las implicaciones éticas o sociales de tales investigaciones. Simplemente en 1972 la Society for Neuroscience puso en marcha un Comité de Responsabilidad Social (Commitee on Social Responsability), que más tarde llegó a ser el Comité de Cuestiones Sociales (Social Issues Commitee). Tal organismo tiene la misión de informar a todos los miembros de la Society for Neuroscience y al público general sobre las implicaciones sociales de los estudios del sistema nervioso. Este comité fue especialmente importante para establecer las diferentes regulaciones éticas en el uso de los animales de experimentación, en particular de los primares no humanos. En 1983, dicho comité inició unas mesas redondas anuales sobre temas sociales. En años posteriores, estas mesas redondas se dedicaron a temáticas como la mejora cognitiva, la muerte cerebral, la neurotoxicidad, etcétera. 
El científico español José Delgado con sus experimentos de neuro-electro-estimulación se ganó las páginas del New York Times del 17 de mayo de 1965. Delgado implantó en el cerebro de un toro un electrodo, siguiendo las pautas de los torpedos del antiguo Escribonio Lago del primer siglo de nuestra era. El estímulo generado y controlado por el investigador era capaz de parar la espeluznante corrida del animal incitado por el color rojo del mantel. En un segundo experimento, además de pararse, el toro dio la vuelta y se fue trotando como si nada hubiera pasado.
Estos resultados de Delgado, junto con las experimentaciones con LSD (dietilamina del acido lisérgico) en elefantes realizadas en los años 60 por el psiquiatra estadounidense Louis West, marcan los primeros tentativos serios de evaluar desde la perspectiva ética los modernos avances y descubrimientos en el sector de las neurociencias.
Aquí nació, de forma todavía implícita, la moderna neuroética.
Un momento de especial importancia para la historia de la neuroética lo representa la aparición de un artículo, en noviembre de 1989, en la revista científica norteamericana Neurologic Clinics. Allí, el autor, R. E. Cranford, acuñó el término “neuroético” (neuroethicist) al hablar del neurólogo como asesor ético y como miembro de los comités éticos institucionales. En este artículo se sostuvo que, con el aumento de problemas éticos en la práctica neurológica, la presencia de neurólogos expertos en tratar estos problemas facilitará adecuadamente su solución satisfactoria[3]. Se trata, muy probablemente, de la primera vez que el término “neuro” se asocia explícitamente al de “ética”.
Dos publicaciones más que deben ser tenidas en cuenta para determinar las raíces de la neuroética se deben a Patricia Smith Churchland en 1991, y a A. A. Pontius en 1993. En la primera, la profesora Churchland, filosofa de la Universidad de California, en San Diego, en su artículo Our brains, ourselves: reflections on neuroethical questions, parte del libro Bioscience and Society, plantea desde el punto de vista filosófico las cuestiones éticas relacionadas con la concepción que tenemos de nosotros mismos[4]. En la segunda publicación, Potius, en un artículo del Psychilogical Report número 72 de 1993, reflexiona sobre los aspectos neurofisiológicos y neuropsicológicos del desarrollo de los niños y de su educación.
Sin embargo, el verdadero arranque de los estudios propios de neuroética se produce en una importante reunión en San Francisco, California los días 13 y 14 de mayo de 2002. Esta es la fecha “canoníca” del nacimiento de la neuroética que en este año 2012 celebra su decimo aniversario. En dicha reunión, más de 150 personas, neurocientíficos, estudiosos de bioética, psiquiatras, psicólogos, filósofos, abogados y profesores de derecho, discutieron sobre el tema central del simposio: Neuroethics: mapping the fiel. Esta conferencia fue organizada por la DANA Foundation, el Stanford Center for Biomedical Ethics de la Universidad de Stanford y la Universidad de California, en San Francisco. Los resúmenes de las ponencias se encuentran en el libro homónimo: Neuroethics: mapping the fiel que en pocos años a llegado a ser un lugar de referencia acerca de cómo enfocar esta nueva rama de la ética biológica según el mismo editor Steve J. Marcus.  
Sigo con otros hechos históricos que marcan el nacimiento de la neuroética. Más adelante veremos las distintas definiciones de neuroética.
Siempre en 2002 se celebraron otras reuniones relevantes para la consolidación y el desarrollo de la neuroética: una organizada por la American Association for the Advancement of Science con la revista neurocientífica Neuron que se tituló Understanding the Neural Basis of Complex Behaviors: The Implications for Science and Society, y otra convocada por la Royal Institution en Londres sobre Neuroscience Future.
Alrededor de esta fecha se produjeron acontecimientos mediáticos en el campo de la divulgación científica que acrecentaron el interés por los temas éticos referidos al estudio del cerebro. La revista Neuron publicó un artículo de la neurocientífica y filosofa Adina Roskies sobre la neuroética que hizo fortuna en la comunidad neurocientífica por su claridad y agudeza (Neuron, número 35 de 2002, página 21). Además, en la conocida revista británica The Economist aparecieron una serie de artículos monográficos sobre el cerebro donde se destacaban las consecuencias éticas de estos estudios neurobiológicos (2 de mayo de 2002). El rotativo americano The New York Times publicó también, sobre el mismo tema, un editorial de William Safire (16 de mayo de 2002).
En 2003 se produjo otro acontecimiento decisivo para la historia de esta disciplina: la Society for Neuroscience organizó por primera vez una importante conferencia sobre neuroética, y en 2005 la misma sociedad empezó a convocar también conferencias sobre el diálogo entre la neurociencia y la sociedad que han llegado a ser muy conocidas en los medios de comunicación. La importancia de estos hechos reside en que esta prestigiosa sociedad científica estadounidense comenzó a asumir que los temas relacionados con la neuroética habían pasado de ser un objeto de especial interés a constituir una parte integrante de su misión. En el mismo año 2005, el neurocientífico James Giordano empieza a hablar de neurobioética destacando la centralidad de la persona humana en las discusiones neurocientíficas, integrando la reflexión acerca del cerebro con todo el sistema vital y biológico del ser humano, sin olvidar de su intrínseca relación con el medio ambiente, con el entorno social y cultural. 
No puedo dejar de citar la creación en la ciudad californiana de Asilomar en 2006 de la Neuroethics Society que se define como un grupo de estudiosos, científicos, clínicos que, junto con otros profesionales comparten un interés por las repercusiones sociales, legales, éticas y políticas de los avances de la neurociencia. Por último hay que mencionar que en marzo de 2008 la editorial Springer empieza a publicar una revista específica titulada Neuroethics, bajo la dirección del profesor Neil Levy.
Doy ahora la definición clásica de neuroética. Se trata de la más conocida, la que aportó William Safire en 2002 en la reunión de San Francisco. En aquella ocasión la neuroética se definió: el examen de lo que es correcto o incorrecto, de bueno o malo, acerca del tratamiento, perfeccionamiento, intervenciones o manipulaciones del cerebro humano[5].
Una primera definición de neuroética se podía ya vislumbrar a partir de la finalidad misma de los numerosos estudios promovidos en los años 70 por el Hastings Center, es decir: examinar los problemas éticos relativos a las intervenciones quirúrgicas y farmacológicas sobre el cerebro humano.
William Safire consideraba la neuroética como parte de la misma bioética que se interesa de establecer lo que es lícito, es decir, lo que se puede hacer, con respecto a la terapia o mejoramiento de las funciones cerebrales, así como de evaluar las diversas formas de intromisiones y preocupante manipulación del cerebro humano.
En el mismo contexto de la reunión de San Francisco de 2002, Steve J. Marcus explicitaba también la finalidad propia de la neuroética afirmando: “la neuroética debería examinar cómo los médicos, jueces, y abogados, ejecutivos de compañías aseguradoras y políticos, así como la sociedad en general, tratan con todos estos resultados” neurocientíficos. 
Creo que hay que abrir más el campo de la Neuroética desde el momento de su definición, incluyendo una forma amplia de definirla, como por ejemplo lo hace la divulgadora científica Kemi Bevington en su artículo Mindless Entertainment in the Neuroethics Era: A Review of Eternal Sunshine af the Spotless Mind publicado por el Center for Bioethics and Human Dignity. En este trabajo se define la Neuroética como el estudio de las cuestiones éticas, legales y sociales que surgen cuando los hallazgos científicos acerca del cerebro son llevados a la práctica médica, a interpretaciones legales o a políticas sociales y sanitarias. A medida que la neurociencia avanza en nuevos e inexplorados territorios de investigación, aumentarán también el calado y la complejidad de las cuestiones sobre la responsabilidad moral y la identidad humana.
En este sentido la neuroética se perfila como una verdadera ventana abierta en el seno de la neurociencia hacia una amplia relación con otras disciplinas.
De hecho, cuatro fueron los grandes bloques en los que se dividieron los temas tratados sobre la neuroética en la reunión de San Francisco (2002), y que después fueron revisitados y ampliados por Judy Illes. Según estos expertos los cuatros grandes objetivos de desarrollo de la neuroética se podrían clasificar así: (1º) la ciencia neural y el yo, denominada “neurociencia del yo” (2º) la neurociencia y las políticas sociales (3º) la ética y la práctica de la neurociencia y (4º) la neurociencia y el discurso público y la formación.
Señalo ahora algunos de los temas de cada apartado. En el primero, que trata de las relaciones de la neurociencia con el yo humano, se incluyen temas como la relación de la neurociencia con la libertad y la responsabilidad, las bases biológicas de la personalidad y de la conducta social, la neurobiología de la elección y de la toma de decisiones y, finalmente, el amplio capítulo de la autoconciencia.
En el segundo apartado, el relacionado con la neurociencia y las políticas sociales, encontramos temas como la responsabilidad personal y criminal, el estudio de las memorias verdaderas y falsas, la educación y los procesos de aprendizaje, las patologías sociales, la privacidad y la predicción de futuras patologías cerebrales.
El tercer ámbito trata la ética de la práctica clínica de la neurociencia, que incluye temas como la farmacoterapia y la cirugía sobre el sistema nervioso, el uso de las células estaminales en el sistema nervioso, la terapia génica, las prótesis neurales.
El cuarto apartado de problemas se refiere a las relaciones de la neurociencia con el discurso público y la formación que incluye temas como el desarrollo de un discurso público amplio y bien informado sobre estos temas, la formación de jóvenes investigadores, y el estimulo para una comprensión adecuada de los problemas tratados, así como su oportuna divulgación e información a los medios de comunicación social. 
Estos temas de desarrollo de la neuroética fueron después agrupados por la filosofa y neurocientífica Adina Roskies en dos grandes categorías distinguiendo entre una “Ética de la neurociencia” y una “Neurociencia de la ética”. En primer lugar, los problemas que se suscitan con el avance de las técnicas de imagen cerebral, de la psicofarmacología o de los implantes cerebrales, caen dentro de la ética de la neurociencia, y ésta se colocaría de lleno dentro de la bioética. La segunda categoría de temas tiene que ver con los problemas éticos que se suscitan con el aumento de nuestro conocimiento de las bases neurobiológicas de la conducta, la personalidad, la autoconciencia o los estados de trascendencia espiritual. Ésta perspectiva se considera lo proprio de la neuroética, lo que la distingue y la caracteriza como una verdadera disciplina.
Es también esta comprensión dual de la neuroética que está aportando una gran ayuda en la estructuración de una fecunda reflexión interdisciplinar.
Ahora podríamos preguntarnos por qué la neuroética surge entonces con un perfil tan proprio, con un aspecto distintivo respecto a la bioética en general. En primer lugar, la neurociencia es quizá la disciplina biológica que más potencial mediático está teniendo. La importancia que se está dando a las funciones del sistema nervioso en una sociedad del conocimiento cada vez más hormada por los medios de comunicación, así como la creencia según la cual podemos mejorar o manipular nuestro cerebro para ser mejores o para aminorar las deficiencias de una humanidad en peligro, hacen que la neuroética pueda verse como forma de contención o control, como un claro corolario de desarrollo interdisciplinar.

En segundo lugar, la perplejidad de la neurociencia en su afán por dar respuestas sólidas a las preguntas cruciales que se hace en un contexto interdisciplinar, ha sido vista como una limitación tanto de contenido como metodológica.

¿Cómo podemos enfocar realidades humanas éticas, tal como la decisión libre, el sentimiento de culpa, el sentido de responsabilidad, la conciencia del deber u obligación moral, las convicciones acerca de lo correcto y de lo bueno o la búsqueda de la felicidad humana, basándolas en una estructura biológica, o al menos buscando sólo su relación con ella, de la que ni siquiera podemos presentar una teoría coherente de su funcionamiento unitario?

Antes cuestiones de tanta importancia, y que reclaman una actitud muy proactiva, es necesaria una actitud interdisciplinar de colaboración y ayuda. No sabemos si la ciencia experimental nos dará todas las claves para conocer esta realidad biológica que es nuestro cerebro, ciertamente una parte esencial de lo que nosotros mismos somos, pero al menos tenemos la seguridad de que estamos frente a un problema importante, cuyo estudio armónico e interdisciplinar nos promete, con toda probabilidad, más oportunidades de ofrecer respuestas sólidas que si se investigara de forma independiente. De esta manera, muchos neurocientíficos han visto la alianza de la neurociencia con la ética o con la filosofía en general, como otra forma de abordar las grandes preguntas que cada vez con más frecuencia afloran como relevantes en sus investigaciones: ¿qué es el hombre?, ¿podemos controlar nuestro cerebro?, ¿existe la libertad?, ¿se puede utilizar la neurociencia para luchar contra el crimen, el terrorismo u otras lacras sociales que nos invaden?

De esto se ocupa la neuroética, esto en breve su origen y su desarrollo contemporáneo. Muchas gracias».


[1] Cf. F. S. Collins, ¿Cómo habla Dios?: la evidencia científica de la fe, Temas de Hoy, Madrid, 2007.
[2] Cf. Legrenzi, P. - Umiltá, C., Neuro-mania. Il cervello non spiega chi siamo, Il Mulino, Bologna 2009.
[3] Cf. R.E. Cranford, «The Neurologist as Ethics Consultant and as a Member of the Institutional Ethics Committee. The Neuroethicist », Neurologic Clinics 7 (1989), 697-713.
[4] Cf. P.S. Churchland, «Our brain, our selves – Reflections on neuroethical questions», in: D.J. Roy – B.E. Winne – R.W. Old (a cura di),  Bioscience-Society: Report of the Schering Workshop, Berlin 1990, November 25-30, Wiley and Sons, New York 1991, 77-96..
[5] Cf. W. Safire, «Visions for a new field of “neuroethics” », Neuroethics. Mapping the Field. Conference Proceedings, Dana Press, New York 2002.

Nessun commento:

Posta un commento